Una anécdota

Una anécdota

El camino 

 

Hace ya casi veinte años, un sabio hombre de mediana edad apareció como una sorpresa en mi camino y su recuerdo me ha acompañado desde entonces en sucesivos descubrimientos y aprendizajes. Era el conductor de un taxi que tuve la suerte de tomar. Me contó que había visto un documental sobre la cultura maya en televisión y que gracias a eso se había dado cuenta de que él entendía el mundo. Dijo que podía sentirse en paz con todo, el tiempo entero. Durante el corto trayecto y gracias al lento tránsito, alcanzó no sólo a explicarme aquello que había comprendido, sino a mostrarme su alegría y afabilidad, notables, en contraste con el calor de la ciudad en pleno verano y con el nerviosismo circundante debido al intrincado e intolerante tráfico que lo desafiaba al comando de un auto bastante viejo y destart lado.

Una anécdota

Con una mano conducía el volante y la otra la soltaba para gesticular como inspirado por una música, cuando decía riendo y transportado por su felicidad: “Todo esto es mío, es tuyo, es de todos… la Tierra y todo lo que hay en ella… es nuestro hogar… con ríos, mares, volcanes, valles… ciudades, calamidades, todos estos autos y sus bocinas, bosques y valles, basura, arte, sierras… dolores, guerras, alegrías… todo es compartido… aunque vivamos la ilusión de la separación. Yo soy otro tú, y tú eres otro yo. Así se saludaban los mayas… Yo tengo ascendencia africana y si bien no se nota tanto ya en mi piel, porque se fue lavando con los cruces de generaciones, lo veo y lo siento en mi pelo cada vez que intento peinarme o me miro al espejo… O sea que tengo la certeza de que tuve ancestros esclavos, porque así llegaban los africanos a América… ¿y sabes qué?

 

Resentimiento

No tengo ningún resentimiento, soy feliz y he encontrado la verdad porque siento en la sangre que en nuestra tribu se entendía el mundo de la misma forma en que lo hacían los mayas… Soy un primitivo en la ciudad y estoy conectado con todo, todo el tiempo… Tendrá una buena vida quien la sepa disfrutar, estando al servicio de nuestro bien común…”(1). Aún hoy puedo revivir la energía de ese hombre y la paz que transmitía. Yo veía sus ojos oscuros brillando con gratitud en el espejo retrovisor: fueron unos pocos minutos cuyas imágenes he recreado muchas veces.

Una anécdota

Ahora tengo aproximadamente la edad que él tenía entonces y le agradezco su iluminación porque en cada avance que he hecho para comprender algo más, he comprobado que me acercaba a la sencillez de su verdad. Viene a cuento ahora hacerle este homenaje cuando me siento a escribir el presente capítulo. Bien Común. Dos palabras muy habituales en nuestro léxico, que por sí solas evocan muchísimas definiciones y complejidades. Dos palabras que juntas conforman un concepto siempre invocado y muy pocas veces practicado cabalmente porque nuestra forma de pensar y nuestra conciencia acotada nos alejan de su comprensión. En este capítulo me propongo hacer el siguiente recorrido: a partir de una definición consensuada, resaltar la necesidad de educar para el Bien Común, analizando tanto las ataduras que obstaculizan dicha comprensión como la superación de esas limitaciones por el nuevo líder y, por último, reflexionar sobre el Bien Común en nuestro país, a través de la actual crisis y el posible camino de salida.

 

Editorial Luis Bonilla. Expertos en enseñanza, formación a distancia, tutores cualificados y con variedad de cursos online.

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